Lavapiés,
en la época de Arniches, era el «barrio más
castizo "de to" Madrid». Ahora parece que
está en Dakar, en Bombay y en Pekín. Todo
a la vez. Cuatro calles que rodean una plaza que bebe las
aguas del Ave María, del Olivar y del propio Lavapiés.
El centro más centro de Madrid. Cuando el Caudillo
se dijo que la capital era el «rompeolas de todas
las Españas». O sea, el vórtice de un
huracán de la crisis económica, política
y social. Todo está en Madrid, a todos acoge la ciudad
que nació para trampear moros medievales. Ahora el
barrio está viviendo un proceso de derribo. La especulación
urbana, por la recesión, es implacable. Las casas
que salían en las novelas de Pérez Galdós
están sujetas con andamios y tapiadas cuando muere
el inquilino; los tipos que vivían en las comedias
de Carlos Arniches -que era de Alicante, que se inventó
a los chulapos- ahora están viejos y llenos de achaques.
Respiran como asmáticos y miran de reojo los escalones,
no vaya a ser que se desmoronen y caigan sobre la mesa camilla
del vecino. Lavapiés es historia. Y ahora construye
su nuevo futuro. Este Lavapiés es el que sale en
«Mi mapa de Madrid», un sainete de Margarita
Sánchez, un delirio de pasado, las puertas que se
abren al porvenir, la segunda función de estas Jornadas
de Agosto del Palacio Valdés. «Mi mapa de Madrid»,
donde los nuevos madrileños reciben el futuro con
resquemor, pero al final lo invitan a una caña. De
las ruinas de Madrid se alza una nueva ciudad. Como Troya:
la suma de nueve castillos.
Margarita Sánchez era actriz. Y
en los noventa se pasó a la escritura. En el año
2004 terminó «Mi mapa de Madrid», que
así, de buenas a primeras, sonaba a sainete local
sólo apto para madrileños de pro, señores
que añoran aquello que se ha ido. En 2005 hizo una
lectura dramatizada y Amelia Ochandiano se pidió
montar la función. Sánchez y Ochandiano eran
vecinas. Y esto, la convivencia cercana, tiene su importancia.
El sainete de Sánchez resume unos días ajetreados
en un edificio en crisis, en una ciudad en crisis, personajes
que apenas viven... Y Sánchez presenta en la primera
parte lo cotidiano del tiempo (incluso con una modista reconvertida
en bruja). Bebe del Buero del principio, de Lauro Olmo y
de «La camisa», de Sastre y «La taberna
fantástica». Tipos corrientes dejando correr
el tiempo. Un perro que ladra, una mujer sin amante, un
pobre de pedir... Amelia Ochandiano, en un momento dado,
engancha a las siete criaturas (siete actores clamorosos)
y, a ritmo del «Bolero» de Ravel, convierte
el sainete en poesía. Plácido Domingo cantando
el himno del Madrid. La fantasía está a la
vuelta de la esquina. El muerto sin alma descubre el alma
de todos los derrotados. Es «Mi mapa de Madrid»,
pero hubiera podido ser de Avilés, de Fez o hasta
de Calcuta.
La vida dentro de un patio de
vecinos
DENISE ALDONZA | AVILÉS.
- 08/08/2011
La creación
de Amelia Ochandiano arrancó la carcajada del público
asistente a la representación en el Teatro Palacio
Valdés
'Mi mapa de Madrid' encierra una tragicomedia en clave costumbrisma
sobre la vecindad
En mitad de una historia de enredos al más puro estilo
costumbrista y con el Madrid obrero como telón de
fondo, Margarita Sánchez traza las vidas de los siete
personajes anónimos, al fin y al cabo personas corrientes,
de 'Mi mapa de Madrid'. Contagiados a ratos por el esperpento
valle-inclanista, los diálogos desprenden la calidez
de la sangre que corre por la venas de estas gentes, cuya
vida ya curtida en adversidades, queda deformada por lo
grotesco del panorama que les rodea.
La apuesta de la directora, Amelia Ochandiano, va más
allá, poniendo ante nuestras narices los deseos y
anhelos de los protagonistas que se desvanecen con el ir
y venir de su vida cotidiana. La esperanza de que te toque
la lotería, pierda el Real Madrid para frustar los
ánimos de tu reciente ex pareja o abrir una tienda
de santería, son las máximas aspiraciones
por parte del triángulo femenino de la obra, compuesto
por Estrella Blanco, Saturna Barrio y Amparo Pamplona.
En definitiva, no es un capricho del destino, que su afán
por encontrar a su 'yo' del futuro no esté más
lejos de los muros de sus portales y que su credibilidad
en el porvenir se sustente con vanos tópicos sentimentalistas.
De cualquier modo, sus vidas ya están marcadas por
los barrios que se presentan en la historia: vivir el presente
planeando un futuro plano que se conforman con imaginar.
Ni Lavapiés ni La Latina crearon el lujo o la autonomía
cultural y moral en las mentes de los personajes que van
creciendo en esta obra al son de los olores de las cocinas
que humean por las ventanas de los diminutos pisos. Pero
siempre teniendo presente un alma de vecindad que a veces
se cree olvidado en la sociedad actual.
El segundo acto, caracterizado por un tono irónico,
presenta la taberna clásica madrileña de café
con aguardiente para desayunar. Un lugar reservado para
los hombres que templan su cuerpo y su espíritu mientras
hablan de fútbol y de sus mujeres con el propósito
de alejarse de su propia realidad cotidiana para así
poder darle un mero significado a su existencia.
En el camino, la muerte se conjuga con las alegrías
cotidianas. Todo ello presentado con un humor al borde de
lo absurdo y rozando lo tópico, pero que consiguió
durante toda la función arrancar la carcajada de
un patio de butacas lleno en el Teatro Palacio Valdés.
Roberto Cairo interpreta con gracia a Julián, un
madrileño de los pies a la cabeza, cuya única
pretensión es el triunfo del equipo patrio. El resto
del reparto masculino, formado por José Luis Gago,
Pablo Viña y Ángel Burgos, no deja de atestiguar
la mezquindad humana, plasmada en la tacañería
de apropiarse de las escasas pertenencias de su vecino muerto.
Mientras tanto, por la escalera bajan el lamento y la esperanza,
y en el balcón se asoma el folclore mezclado con
la mojigatería de los antiguos velatorios a pie de
cama, protagonizados por vecinos comprensivos pero hipócritas
que prestan un consuelo siempre interesado y fingido.
Al final, como sacado de 'Mujeres al borde de un ataque
de nervios', lo trágico se mezcla con lo cómico
de una manera ambigua que levanta hasta el techo del teatro
la intriga y arranca el aplauso sentido del público.
PURO TEATRO
Quien no va al teatro es porque no quiere
MARCOS ORDOÑEZ - 19/02/2011
Pequeñas
salas, pequeños formatos, pequeños precios,
grandes ofertas. En la sala de la Princesa se despide Mi
mapa de Madrid, de Margarita Sánchez; en la Nueva
Dos del teatro Fernán-Gómez, Ahora, de Pablo
Messiez
Mi mapa de Madrid está siendo uno de los éxitos
sorpresa de la temporada en la sala pequeña del María
Guerrero. La escritura de Margarita Sánchez (entre
el Arniches de las tragedias grotescas y el Sastre de La
taberna fantástica, con un guiño a Valle,
más por el ambiente y las peripecias que por el lenguaje)
tiene naturalidad, ingenio y encanto; características
que comparten los actores de la compañía Teatro
de la Danza, muy bien dirigidos por Amelia Ochandiano. La
historia, ambientada en el barrio de La Latina, comienza
en clave costumbrista y pronto vira hacia una tonalidad
sorprendente: tres vecinas deciden comer la carne de una
perra "suicidada" como acto psicomágico
para atraer la suerte, los parroquianos de un bar próximo
optan por sepultar a un amigo muerto en su propio domicilio,
y la pieza culmina con un asesinato, una aparición
fantasmal y una apoteosis madridista. Pese a la clave esperpéntica,
todo rezuma verdad humana y una mirada irónica pero
nunca amarga sobre los desheredados personajes. Estrella
Blanco, que interpreta a Lola, la tumultuosa portera del
edificio, se lleva, para mi gusto, la función: vivaz,
con una gran fuerza expresiva y un oído atinadísimo
para calzar sus réplicas, sería la actriz
perfecta para encarnar a Vicky Mir, una de las protagonistas
de Caligrafía de los sueños, la última
novela de Marsé. También está impecable
esa gran veterana que es Amparo Pamplona en el rol de la
adivina Luisa, hilarante en el monólogo en que narra
la raíz de sus desventuras con los hombres; en el
apartado masculino, destacan José Luis Gago, el manso
dueño del bar, y Roberto Cairo en el rol de Julián,
un chulapo canalla que parece la versión patosa de
Juanito Ventolera.
La 'grotescomaquia'
de Lavapiés
JAVIER VALLEJO -
Madrid - 02/02/2009
Madrid es
una de las pocas ciudades cuyo nombre se puede decir en
plural, porque hay infinidad de madriles y aún barrios
antagónicos dentro de un mismo barrio. El territorio
al que Margarita Sánchez se refiere en Mi mapa de
Madrid es ese gran triángulo que queda entre las
calles de Bailén, Atocha y la ronda de Valencia,
donde están los enclaves obreros del casco antiguo
y la antigua judería de Lavapiés. Allí
nació y vive aún: ése es su terreno.
Su mapa emocional está hecho de calles empinadas,
de corralas donde se mezclan los olores de 100 cocinas y
de cuartitos con alcoba al fondo.
Por su teatro pulula la vecindad, gente de a pie que a alguno
le parecerá de otro mundo, pero que es de éste:
vive en casitas minúsculas, tiene ambiciones mínimas
y deja pasar el tiempo sin oponerse al destino. Bastante
hace con salvar el día. El primer acto de Mi mapa
de Madrid es costumbrismo puro, grabado al aguafuerte, con
colores opacos: un sainete que va más allá
porque su autora introduce, al final, un suceso inquietante,
espoleta de lo que sucederá después.
El segundo acto, ambientado en una taberna donde se concitan
y resumen la de Pica Lagartos, la Casa Paco de La camisa
y El Gato Negro de La taberna fantástica, empieza
en clave cómica y acaba en tragedia grotesca. Margarita
Sánchez ha hecho un recorrido parejo al que Arniches
hace en, por ejemplo, ¡Qué viene mi marido!,
y aún va más allá.
La escena de los cuatro parroquianos impíos en torno
al cadáver de su vecino tiene algo del velorio de
La rosa de papel y otro tanto de Juanito Ventolera expoliando
al finado esposo de La Boticaria en Las galas del difunto.
Ese final de acto, que avanza a lo Valle-Inclán para
desembocar en Atraco a las tres, debiera ser, para mi gusto,
el final de la comedia, su remate grotesco. Sin embargo,
la autora, a petición de Amelia Ochandiano, directora
de este montaje, le ha puesto un epílogo, ritmado
con el Bolero de Ravel, donde cada personaje nos explica
su destino.
Valoración:
@@@@ P.J.L. Domínguez
Fecha de publicación: 13/02/2009 (Espada de Madera.
Madrid)
Ya sabía
yo que mi barrio alberga drama y comedia, farsa y ditirambo,
épica y lírica, pero hacía falta que
llegara alguien a extraerle la médula. Ya ha llegado.
Lo cierto es que en pareja: Sánchez y Ochandiano,
autora y directora, son dos de las patas del banco. La tercera,
el excelente elenco de actores. La función se toma
su tiempo para presentar la trama que enreda a stos personajes
de Lavapiés. Quizá lo único que la
mejoraría es, precisamente, acortar un poco esta
primera parte: comedia de costumbres oscilante entre el
realismo y lo grotesco que, desde Almodóvar, es registro
consagrado entre nosotros. Ahí ya está presente
el dominio del ritmo de la Ochandiano. La cosa deriva luego
a otro lugar común de nuestra cultura: la comedia
con muerto. Y lo hace con maestría, desde el realismo
de un bar castizo y a través de una excursión
truculenta a la buhardilla del edificio. Pero, ¡ah!,
hay sorpresa.
El desparrame final (épica madridista, muerto parlante,
lírica de barrio, coreografía antirrealista)
es un remate prodigioso que demuestra cómo una dirección
atrevida puede elevar un texto. Arte colectivo el teatro,
ya se sabe. Párrafo aparte para los actores. Hay
tal acumulación de oficio y curriculum -desde la
zarzuela hasta Estudio 1, pasando por el cabaré y
las series de televisión- que en algunos momentos
la función es un verdadero recital de interpretación.
Siento no poder mencionar a todo el que lo merece pero me
quedo con el soberbio madrileño alternativamente
zumbón y vinagres que compone Jaro. Conozco bien
el tipo, desayuno todos los días rodeado por varios,
así que puedo juzgar: lo clava.