CRÍTICAS  
   
     
  Sainete por el cielo poético  
  SAÚL FERNÁNDEZ - Avilés - 08/08/2011  
     
 
Lavapiés, en la época de Arniches, era el «barrio más castizo "de to" Madrid». Ahora parece que está en Dakar, en Bombay y en Pekín. Todo a la vez. Cuatro calles que rodean una plaza que bebe las aguas del Ave María, del Olivar y del propio Lavapiés. El centro más centro de Madrid. Cuando el Caudillo se dijo que la capital era el «rompeolas de todas las Españas». O sea, el vórtice de un huracán de la crisis económica, política y social. Todo está en Madrid, a todos acoge la ciudad que nació para trampear moros medievales. Ahora el barrio está viviendo un proceso de derribo. La especulación urbana, por la recesión, es implacable. Las casas que salían en las novelas de Pérez Galdós están sujetas con andamios y tapiadas cuando muere el inquilino; los tipos que vivían en las comedias de Carlos Arniches -que era de Alicante, que se inventó a los chulapos- ahora están viejos y llenos de achaques. Respiran como asmáticos y miran de reojo los escalones, no vaya a ser que se desmoronen y caigan sobre la mesa camilla del vecino. Lavapiés es historia. Y ahora construye su nuevo futuro. Este Lavapiés es el que sale en «Mi mapa de Madrid», un sainete de Margarita Sánchez, un delirio de pasado, las puertas que se abren al porvenir, la segunda función de estas Jornadas de Agosto del Palacio Valdés. «Mi mapa de Madrid», donde los nuevos madrileños reciben el futuro con resquemor, pero al final lo invitan a una caña. De las ruinas de Madrid se alza una nueva ciudad. Como Troya: la suma de nueve castillos.

Margarita Sánchez era actriz. Y en los noventa se pasó a la escritura. En el año 2004 terminó «Mi mapa de Madrid», que así, de buenas a primeras, sonaba a sainete local sólo apto para madrileños de pro, señores que añoran aquello que se ha ido. En 2005 hizo una lectura dramatizada y Amelia Ochandiano se pidió montar la función. Sánchez y Ochandiano eran vecinas. Y esto, la convivencia cercana, tiene su importancia. El sainete de Sánchez resume unos días ajetreados en un edificio en crisis, en una ciudad en crisis, personajes que apenas viven... Y Sánchez presenta en la primera parte lo cotidiano del tiempo (incluso con una modista reconvertida en bruja). Bebe del Buero del principio, de Lauro Olmo y de «La camisa», de Sastre y «La taberna fantástica». Tipos corrientes dejando correr el tiempo. Un perro que ladra, una mujer sin amante, un pobre de pedir... Amelia Ochandiano, en un momento dado, engancha a las siete criaturas (siete actores clamorosos) y, a ritmo del «Bolero» de Ravel, convierte el sainete en poesía. Plácido Domingo cantando el himno del Madrid. La fantasía está a la vuelta de la esquina. El muerto sin alma descubre el alma de todos los derrotados. Es «Mi mapa de Madrid», pero hubiera podido ser de Avilés, de Fez o hasta de Calcuta.

 
     
   
     
  La vida dentro de un patio de vecinos  
  DENISE ALDONZA | AVILÉS. - 08/08/2011  
     
 
La creación de Amelia Ochandiano arrancó la carcajada del público asistente a la representación en el Teatro Palacio Valdés
'Mi mapa de Madrid' encierra una tragicomedia en clave costumbrisma sobre la vecindad

En mitad de una historia de enredos al más puro estilo costumbrista y con el Madrid obrero como telón de fondo, Margarita Sánchez traza las vidas de los siete personajes anónimos, al fin y al cabo personas corrientes, de 'Mi mapa de Madrid'. Contagiados a ratos por el esperpento valle-inclanista, los diálogos desprenden la calidez de la sangre que corre por la venas de estas gentes, cuya vida ya curtida en adversidades, queda deformada por lo grotesco del panorama que les rodea.
La apuesta de la directora, Amelia Ochandiano, va más allá, poniendo ante nuestras narices los deseos y anhelos de los protagonistas que se desvanecen con el ir y venir de su vida cotidiana. La esperanza de que te toque la lotería, pierda el Real Madrid para frustar los ánimos de tu reciente ex pareja o abrir una tienda de santería, son las máximas aspiraciones por parte del triángulo femenino de la obra, compuesto por Estrella Blanco, Saturna Barrio y Amparo Pamplona.
En definitiva, no es un capricho del destino, que su afán por encontrar a su 'yo' del futuro no esté más lejos de los muros de sus portales y que su credibilidad en el porvenir se sustente con vanos tópicos sentimentalistas.
De cualquier modo, sus vidas ya están marcadas por los barrios que se presentan en la historia: vivir el presente planeando un futuro plano que se conforman con imaginar. Ni Lavapiés ni La Latina crearon el lujo o la autonomía cultural y moral en las mentes de los personajes que van creciendo en esta obra al son de los olores de las cocinas que humean por las ventanas de los diminutos pisos. Pero siempre teniendo presente un alma de vecindad que a veces se cree olvidado en la sociedad actual.
El segundo acto, caracterizado por un tono irónico, presenta la taberna clásica madrileña de café con aguardiente para desayunar. Un lugar reservado para los hombres que templan su cuerpo y su espíritu mientras hablan de fútbol y de sus mujeres con el propósito de alejarse de su propia realidad cotidiana para así poder darle un mero significado a su existencia.
En el camino, la muerte se conjuga con las alegrías cotidianas. Todo ello presentado con un humor al borde de lo absurdo y rozando lo tópico, pero que consiguió durante toda la función arrancar la carcajada de un patio de butacas lleno en el Teatro Palacio Valdés.
Roberto Cairo interpreta con gracia a Julián, un madrileño de los pies a la cabeza, cuya única pretensión es el triunfo del equipo patrio. El resto del reparto masculino, formado por José Luis Gago, Pablo Viña y Ángel Burgos, no deja de atestiguar la mezquindad humana, plasmada en la tacañería de apropiarse de las escasas pertenencias de su vecino muerto.
Mientras tanto, por la escalera bajan el lamento y la esperanza, y en el balcón se asoma el folclore mezclado con la mojigatería de los antiguos velatorios a pie de cama, protagonizados por vecinos comprensivos pero hipócritas que prestan un consuelo siempre interesado y fingido.
Al final, como sacado de 'Mujeres al borde de un ataque de nervios', lo trágico se mezcla con lo cómico de una manera ambigua que levanta hasta el techo del teatro la intriga y arranca el aplauso sentido del público.
 
     
   
     
  PURO TEATRO
Quien no va al teatro es porque no quiere
 
  MARCOS ORDOÑEZ - 19/02/2011  
     
 
Pequeñas salas, pequeños formatos, pequeños precios, grandes ofertas. En la sala de la Princesa se despide Mi mapa de Madrid, de Margarita Sánchez; en la Nueva Dos del teatro Fernán-Gómez, Ahora, de Pablo Messiez
Mi mapa de Madrid está siendo uno de los éxitos sorpresa de la temporada en la sala pequeña del María Guerrero. La escritura de Margarita Sánchez (entre el Arniches de las tragedias grotescas y el Sastre de La taberna fantástica, con un guiño a Valle, más por el ambiente y las peripecias que por el lenguaje) tiene naturalidad, ingenio y encanto; características que comparten los actores de la compañía Teatro de la Danza, muy bien dirigidos por Amelia Ochandiano. La historia, ambientada en el barrio de La Latina, comienza en clave costumbrista y pronto vira hacia una tonalidad sorprendente: tres vecinas deciden comer la carne de una perra "suicidada" como acto psicomágico para atraer la suerte, los parroquianos de un bar próximo optan por sepultar a un amigo muerto en su propio domicilio, y la pieza culmina con un asesinato, una aparición fantasmal y una apoteosis madridista. Pese a la clave esperpéntica, todo rezuma verdad humana y una mirada irónica pero nunca amarga sobre los desheredados personajes. Estrella Blanco, que interpreta a Lola, la tumultuosa portera del edificio, se lleva, para mi gusto, la función: vivaz, con una gran fuerza expresiva y un oído atinadísimo para calzar sus réplicas, sería la actriz perfecta para encarnar a Vicky Mir, una de las protagonistas de Caligrafía de los sueños, la última novela de Marsé. También está impecable esa gran veterana que es Amparo Pamplona en el rol de la adivina Luisa, hilarante en el monólogo en que narra la raíz de sus desventuras con los hombres; en el apartado masculino, destacan José Luis Gago, el manso dueño del bar, y Roberto Cairo en el rol de Julián, un chulapo canalla que parece la versión patosa de Juanito Ventolera.
 
     
   
     
  La 'grotescomaquia' de Lavapiés  
  JAVIER VALLEJO - Madrid - 02/02/2009  
     
 
Madrid es una de las pocas ciudades cuyo nombre se puede decir en plural, porque hay infinidad de madriles y aún barrios antagónicos dentro de un mismo barrio. El territorio al que Margarita Sánchez se refiere en Mi mapa de Madrid es ese gran triángulo que queda entre las calles de Bailén, Atocha y la ronda de Valencia, donde están los enclaves obreros del casco antiguo y la antigua judería de Lavapiés. Allí nació y vive aún: ése es su terreno. Su mapa emocional está hecho de calles empinadas, de corralas donde se mezclan los olores de 100 cocinas y de cuartitos con alcoba al fondo.

Por su teatro pulula la vecindad, gente de a pie que a alguno le parecerá de otro mundo, pero que es de éste: vive en casitas minúsculas, tiene ambiciones mínimas y deja pasar el tiempo sin oponerse al destino. Bastante hace con salvar el día. El primer acto de Mi mapa de Madrid es costumbrismo puro, grabado al aguafuerte, con colores opacos: un sainete que va más allá porque su autora introduce, al final, un suceso inquietante, espoleta de lo que sucederá después.

El segundo acto, ambientado en una taberna donde se concitan y resumen la de Pica Lagartos, la Casa Paco de La camisa y El Gato Negro de La taberna fantástica, empieza en clave cómica y acaba en tragedia grotesca. Margarita Sánchez ha hecho un recorrido parejo al que Arniches hace en, por ejemplo, ¡Qué viene mi marido!, y aún va más allá.

La escena de los cuatro parroquianos impíos en torno al cadáver de su vecino tiene algo del velorio de La rosa de papel y otro tanto de Juanito Ventolera expoliando al finado esposo de La Boticaria en Las galas del difunto. Ese final de acto, que avanza a lo Valle-Inclán para desembocar en Atraco a las tres, debiera ser, para mi gusto, el final de la comedia, su remate grotesco. Sin embargo, la autora, a petición de Amelia Ochandiano, directora de este montaje, le ha puesto un epílogo, ritmado con el Bolero de Ravel, donde cada personaje nos explica su destino.
 
     
   
     
  Valoración: @@@@ P.J.L. Domínguez
Fecha de publicación: 13/02/2009 (Espada de Madera. Madrid)
 
     
 
Ya sabía yo que mi barrio alberga drama y comedia, farsa y ditirambo, épica y lírica, pero hacía falta que llegara alguien a extraerle la médula. Ya ha llegado. Lo cierto es que en pareja: Sánchez y Ochandiano, autora y directora, son dos de las patas del banco. La tercera, el excelente elenco de actores. La función se toma su tiempo para presentar la trama que enreda a stos personajes de Lavapiés. Quizá lo único que la mejoraría es, precisamente, acortar un poco esta primera parte: comedia de costumbres oscilante entre el realismo y lo grotesco que, desde Almodóvar, es registro consagrado entre nosotros. Ahí ya está presente el dominio del ritmo de la Ochandiano. La cosa deriva luego a otro lugar común de nuestra cultura: la comedia con muerto. Y lo hace con maestría, desde el realismo de un bar castizo y a través de una excursión truculenta a la buhardilla del edificio. Pero, ¡ah!, hay sorpresa.

El desparrame final (épica madridista, muerto parlante, lírica de barrio, coreografía antirrealista) es un remate prodigioso que demuestra cómo una dirección atrevida puede elevar un texto. Arte colectivo el teatro, ya se sabe. Párrafo aparte para los actores. Hay tal acumulación de oficio y curriculum -desde la zarzuela hasta Estudio 1, pasando por el cabaré y las series de televisión- que en algunos momentos la función es un verdadero recital de interpretación. Siento no poder mencionar a todo el que lo merece pero me quedo con el soberbio madrileño alternativamente zumbón y vinagres que compone Jaro. Conozco bien el tipo, desayuno todos los días rodeado por varios, así que puedo juzgar: lo clava.